Walter Benjamin (1968), en su famoso ensayo titulado
El narrador, comentó con cierta tristeza el ocaso del narrador como una fuerza
presente en el mundo moderno. “Él se ha convertido para nosotros en algo
remoto, en algo que se vuelve cada vez más distante” (pág. 83). Para Benjamín,
como también para muchos críticos de la prosa del mundo moderno por reducir
todo a técnica y sistematicidad, valora el discurso no narrativo como medida
del refinamiento de la racionalidad, en oposición al mero ‘valor de
entretenimiento’ que poseen los relatos. La verdad, para los incansables promotores
de la modernidad y la racionalidad técnica, se mide según los procedimientos
estándar que exigen una mirada fría y crítica dirigida al objeto de estudio.
La forma narrativa, por el contrario, invita al
oyente o al lector a suspender ese escepticismo y adherir al flujo narrativo de
los acontecimientos como una auténtica exploración de la experiencia desde
determinada perspectiva. La decadencia del narrador, el contador de cuentos,
puede ser leída como un síntoma del deseo de cierta clase de objetividad, de la
aplicación de un punto de vista neutral e imparcial desde el cual sería posible
medir la veracidad de las pretensiones del conocimiento. El arte, la religión,
la moral y hasta la filosofía son sospechosas de no estar a la altura de los
dogmas de ese invasor positivismo. Pero al apoyar esta postura olvidamos el
poder de la narrativa para informar e instruir.
En una frase inolvidable, Milan Kundera (1988)
describe uno de los efectos de esa negación de la narrativa como ‘el
despreciado legado de Cervantes’. Hemos olvidado que los novelistas han
contribuido magníficamente a nuestra comprensión de nosotros mismos y de la
compleja naturaleza humana. La narrativa, como manera de conocer y también como
manera de organizar y comunicar experiencia ha perdido gran parte de la
importancia que debería tener.
EI retorno a la narrativa indica que hoy
reconsideramos el valor de la forma y la función de los relatos en todos los
campos de la vida humana, especialmente en la educación, donde se impuso un
sesgo no narrativo y conductista. Tal vez el giro hacia la narrativa indique
una inversión de esa tendencia declinante. En los últimos años hemos sido
testigos de un resurgimiento de los narradores, profesionales y
semiprofesionales, y ello puede ser una razón para alentar esperanzas y un
indicio de que las cosas cambian para mejor.