
Las mujeres prueban la temperatura de la plancha, tocándola. Quema, pero no se queman. Respiran hondo, cuando la partera le dice "no grites tanto, no es la primera".
Aprenden a cantar llorando, a tocar con un brazo que pesa como una piedra por la enfermedad, en ciertas travesías por el desierto, en las barcazas en el mar, en las ciudades, arriba y abajo de los colectivos. Las mujeres tienen más confianza con el dolor; del cuerpo y del alma. Es un compañero de vida, es un enemigo tan familiar que casi es un amigo, es algo que está, con el que no se puede discutir. Se convive con él, es normal.
Gritar hace perder energías, quejarse no sirve. Transformarlo, por el contrario: eso es lo que sirve.
Transformar el dolor en fuerza. Ignorarlo, domarlo, ponerlo en algún lado para que deje florecer algo.
Es una lección antigua, una sabiduría muda y secreta: cada una lo sabe.(...)
(...) Me gustaría poder decir que si tienes que salir a las 5 por un compromiso impostergable y a las 5 menos 10 la persona con la cual compartes tu existencia te pone una cuestión importante, de la cual depende el éxito de tu día, de semanas, de la vida, esa es una prueba de fuerza, una forma sutil de violencia que se ejerce a través de la célebre cuestión: demuéstrame que es más importante para vos. Porque se sabe que el amor está antes que todo, para las mujeres seguramente es así.
Porque si tienes intereses afuera, más importante tienen que ser siempre, los intereses de adentro. Porque si un hombre puede decir, discúlpame pero tengo cosas para hacer y olvidarse del aniversario, de las compras, de la fiesta de cumpleaños del hijo/a, del pedido a domicilio, una mujer no, no lo puede hacer. O mejor: puede, pero paga un precio. Es normal, no?. Está en la naturaleza de las cosas.
Me gustaría poder decir que violencia es llamar ocho veces durante una reunión del consejo de administración, para preguntar en que cajón se encuentra el termómetro, pero no lo puedo hacer, naturalmente. (...)
No hay comentarios:
Publicar un comentario